Coronavirus III


Coronavirus III

Andrea había estado enferma. No de Coronavirus, como la mayoría pensó. Tenía una clase de dengue que no tardó más que una semana en sanar. Al término de la semana, se sintió mejor para ir a trabajar.
Cuando llegó a su trabajo algo le impidió estacionar su auto. Su cajón de estacionamiento estaba ocupado por un Nissan rojo. Era un carro cubierto de polvo. Tenía las ventanas abajo. Andrea se asomó pero un olor a humedad y orines la hizo retroceder. Vio una tarjeta que estaba sobre el asiento, decía Yuma, y debajo una leyenda: Experto en armonía empresarial.
Ya en su oficina mandó llamar a su secretaria.
-       Hola ingeniero, que gusto de que este de vuelta
-       Hola Lupita, acá andamos de regreso
-       ¡Excelente! Aprovecho para decirle que tenemos nuevo asesor en la empresa
-       ¿Nuevo asesor?
-       Sí, es un asesor contratado de los Estados Unidos por el director
-       ¿Les dijo para qué es ese asesor?
-       No, solo que traerá más armonía a la empresa.
-       Lupita, sabes ¿Quién está ocupando mi lugar de estacionamiento?
-       No ingeniero.
Andrea regresó a su trabajo. Después de un rato tocaron a su puerta. Era el director de la empresa perfectamente vestido en un traje Armani acompañado de un tipo que más parecía un indigente. Tenía puesto una camisa que dejaba ver su ombligo, unos pantalones de mezclilla rotos y unas sandalias.
-       Andrea, la saludó el director. Espero que te hayas repuesto bien de tu infección bacteriana
-       Era un virus señor, replicó Andrea, un virus del dengue.
-       Bueno, espero no nos contagies. Tengo el gusto de presentarte a nuestro nuevo asesor en armonía empresarial. Es el consultor Yuma, viene de los Estados Unidos.
-       Señor Director, creo que no vi el aviso de la contratación de este nuevo asesor. En las reglas de la compañía dice que las contrataciones de asesores se deben hacer mediante la junta de consejo.
Andrea extendió la mano para saludar a Yuma, solo para descubrir que el tipo tenía la mano pegajosa y llena de sudor.
-       Señor, le dijo Andrea a Yuma, quiero decirle que el cajón donde se estacionó esta mañana es mío. Yuma solo volteó a ver al director.
-       Ingeniero, le dijo el director. Me tome la libertad de permitirle al señor Yuma que se estacione en su cajón para que pueda trabajar de manera más cómoda.
-       Señor, le recuerdo que hay un reglamento interno donde solo los jefes y directores tienen cajones de estacionamiento. Usted es director y tiene cajón, yo soy jefa y también tengo.
-       Tenías Andrea, de momento se lo daremos a Yuma, quien está en este momento a nivel dirección. ¿Alguna duda?
-       No señor director. Andrea tragó saliva.
-       Bien, entonces que tenga buen día. Me despido.
-       Nuevamente Yuma le extendió su mano para despedirse pero Andrea se hizo la distraída y prefirió ignorarlo.
Una vez que se habían marchado, fue al baño de su despacho y se lavó las manos, asegurándose de dejarlas bien secas.
-       ¡Demonios!, dijo en voz alta. Solo me voy unos días y esto es un caos. Yuma, me preguntó ¿Quién se llama así? Si es por la armonía, conmigo ya la empezaron a romper.
Salió de su oficina a desayunar y cuando regreso, vio que unos empleados de mudanza estaban metiendo un sillón de meditación a su oficina
-       ¿Qué sucede?
-       Nos dijeron que metiéramos estas cosas aquí
-       Andrea vio su hermosa oficina moderna y minimalista, convertida en un campo jipi con una colchoneta y velas de incienso. La secretaria llego ahí
-       ¿Qué es esto señorita?
-       Ingeniero, el director dio órdenes de que en esta oficina se le dé espacio a Yuma para que pueda trabajar a gusto.
-       Pero ¿cómo? Grito Andrea. Quiero hablar con el director.
-       En cuanto lo vea se lo comunico ingeniero.
-       ¡Rayos!, dijo Andrea
Entró a su oficina. Pasó entre las cosas de Yuma y alcanzo su escritorio. Este estaba rodeado de cojines que el asesor usaba para meditar. Intentó encender su computadora, pero no pudo, no tenía corriente eléctrica.  
-       Señorita Andrea, le dijo su secretaria que lo observaba en la entrada. Le desconectaron su computadora.
-       ¿Por qué?
-       Necesitaban conectar la fuente.
Andrea volteó para ver que había una fuente con peces conectada al enchufe. Sacó de su mochila su laptop y la encendió. Le llamo nuevamente a Lupita.
-       Lupita, ¿Me puedes imprimir estos documentos?
-       Lo siento ingeniero, pero no puedo.
-       ¿Porque? Dijo Andrea realmente molesta
-       Sucede que me pidió Yuma que lo ayude a acomodar todo aquí para poder empezar a trabajar.
-       Entonces, ¿no me vas a imprimir mis documentos?
-       No Ingeniero, ordenes son órdenes. Es más, le quiero pedir si nos puede desocupar la oficina para poder mover los muebles.
Desplazada, sin coronavirus, sin dengue, sin oficina. Tomó su mochila y salió, se dirigió a un café internet y decidió trabajar desde ahí. Llegó el mesero y, cuando estaba a punto de ordenar, se levantó.
Salió del café y regresó caminando hasta su oficina. En la calle la saludó un lavacoches. Andrea no le regresó el saludo, solo le tomo su bote de fierro y se lo llevo. El lavacoches sin palabras lo observó. Andrea iba caminando en cámara lenta, decidido a recuperar su espacio. Su oficina, su secretaria y el contacto para su computadora.
Vio nuevamente el auto de Yuma estacionado, sin decir una palabra levantó en cámara lenta el bote y le asestó un golpe mortal al parabrisas. No se molestó en esperarse a ver si alguien la había visto.
Fue a la oficina del director. Este no estaba, pero eso no le impidió entrar. Aprovecho y tomo la computadora y el estrello en el piso. Fue entonces hasta su despacho, su secretaria no estaba, abrió su oficina y para su sorpresa Yuma tenia sujeta a su secretaria sobre el sofá de meditación. Ambos atónitos se quedaron viendo a Andrea.
-       Los dos, ¡Se me van a la chingada!
-       Ingeniero, ahorita le desconecto la fuente
-       Dije a la chingada, ahora.
Yuma tomo su camisa y se la puso; Lupita, su secretaria, tomo sus cosas y se fue corriendo al baño llorando. Sus compañeras de la oficina que estaban viendo todo fueron tras ella para consolarla. Andrea tomó las cosas de Yuma y las empezó a botar a la calle.
-       Ingeniero, exactamente ¿Qué está haciendo? Le pregunto el director que regresaba de desayunar
-       Corro al imbécil que usted contrato.
-       Como se atreve
-      ¡Tú como te atreves! Se paró frente a él. Me quitaste mi cajón de estacionamiento, y no dije nada; me quitaste la mitad de mi oficina, y me quede callado; me quitaste a mi secretaria, y guarde silencio; pero me quitas donde conectar mi computadora y eso ya son chingaderas.
-       Esta usted despedida.
-       ¿Qué? Estas bien pendejo
-       ¿Qué dijo? Recuerde que puede empeorar su situación
-       Digo que estas bien pendejo y te vas al demonio.
Dicho esto Andrea se marchó. Pasó junto al lavacoches quien había visto todo.
-       Nosotros le cuidamos su carro sin costo Ingeniero. Ahorita le damos una buena lavada.
Ella se fue caminando de nuevo al café internet. Al llegar una de las empleadas ya lo estaba esperando.
-       Aquí está su café ingeniero, como siempre lo pide, le dijo con una sonrisa.
La mañana era esplendida y soleada. Ella saboreo su café. Tenía una sonrisa en los labios. Encendió su computadora y se puso a hacer lo que mejor sabía: diseñar ecoparques.




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